Cien por cien eucarísticas (02/22)

Artículo publicado en revista RIE de febrero de 2022.

Lámparas que guían nuestro camino

Todos los cristianos, como lo dice el nombre, estamos llamados a ser seguidores de Cristo. Siguiéndolo vamos siendo cada vez más parecidos a Él, y este parecido no es precisamente físico, como seguramente lo sabes, sino interior, del corazón.

Las Misioneras Eucarísticas de Nazaret también estamos en este camino fantástico, único, maravilloso, enriquecedor. En nuestra vocación, para ser más semejantes a Cristo intentamos vivir y poner en práctica aquellas virtudes que más nos identifican con Jesús Eucaristía, pues Él es la razón de nuestra vida. Ser semejantes a Cristo es un deseo que llevamos muy dentro, y solo si llegamos a ser semejantes a Él podremos vivir la llamada a ser profetas en medio del mundo en el que vivimos. Esta misión no es solo nuestra, sino que la compartimos con todos los bautizados que formamos la Iglesia.

Anunciar con las virtudes
Decíamos que estamos llamadas a vivir «las virtudes que más nos identifican con Jesús Eucaristía» porque solo así podremos testimoniar al mundo que es posible vivir la caridad intensa, la humildad profunda, la entrega sin condiciones, el silencio alegre, la sencillez evangélica y la confianza en la providencia.

San Manuel González nos enseñó con su vida que poniendo en práctica estas virtudes estamos anunciando que Jesús está vivo dentro de nosotras. A él le gustaba decir: «Predicad a Jesucristo vivo en el Sagrario llevándolo vivo en vuestra alma por la gracia, en vuestro corazón por la humildad, en vuestras obras por la caridad, en vuestra mirada por la modestia, en vuestra palabra por la sinceridad, en vuestro porte por la sencillez cristiana… Llevadlo vivo en vosotras y veréis qué pronto creen que está vivo en el Sagrario».

Pero, ¿por qué es tan importante vivir las virtudes? Quiero compartir contigo que todo esto es tan esencial, que una Misionera Eucarística –y cada uno de nosotros– nunca lo debería olvidar. Para comprender un poco más el tema que lleva como hilo las virtudes, vamos a ver qué dice el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos lo explica con estas palabras: «La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no solo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas. El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios».

Después de leer esa definición, ¿no sientes que algo te invita a vivir las virtudes en tu vida de todos los días? Yo creo que sí; ¡sigamos!

En la gran riqueza de la vida cristiana existen muchas virtudes. San Manuel insistía mucho en ponerlas en práctica, pero solo centraremos nuestra atención en esas seis que hemos enumerado al inicio. ¿Por qué? Porque Él decía que son las que más nos asemejan a Jesús en su vida eucarística. Es muy interesante conocer en qué consisten, así que os invitamos a profundizar un poco más cada una de ellas. ¿Vienes? ¡No lo dudamos! Os animaréis también a conocerlas cada vez mejor y vivirlas, para llegar a pareceros cada vez más a Jesús Eucaristía. Es hora de partir, vamos a viajar por el inmenso mundo de las virtudes.

Caridad intensa
La caridad intensa y la humildad profunda son las dos lámparas con las que quiere estar alumbrado en sus Sagrarios el Corazón Eucarístico de Jesús. La caridad es una de las virtudes más importantes porque nos ayuda a crecer en amor a Dios y a los hermanos y nos acerca cada vez más a Jesús. San Manuel nos invitaba constantemente a vivir esta virtud que brota de la Eucaristía, para que nuestra vida sea vivida en amor y servicio constante a los demás.

Humildad profunda
También la humildad es igualmente importante, porque imitando a Jesús humilde aprendemos que nuestra pequeñez es justamente nuestra grandeza. Vivir la humildad significa sobre todo andar en la verdad y nunca cansarnos de buscar lo que es verdadero y justo. La humildad nos ayuda a tener un corazón sencillo y amable con todos, sirviendo siempre con alegría. También vosotros estáis invitados a vivir esta virtud, pues practicándola cada día nos hace capaces de salir de nosotros mismos, de nuestro pequeño mundo, e ir al encuentro de los demás.

Entrega sin condiciones
Para entender esta virtud tenemos que hacer memoria de la Eucaristía: sacrificio (entendido como oblación de Jesús, es decir, entrega sin condiciones). Nuestro corazón se une a la entrega de Jesús en la cruz, haciendo memoria de ello en cada Eucaristía. Vivir esta virtud nos hace personas capaces de entregarse, de dar lo mejor en cada momento, y nos ayuda a tener una actitud de acción de gracias constante.

El silencio alegre
¡Qué bonita virtud! Nos invita a escuchar con atención, con interés, con amor a todos, como lo hace Jesús. En la sociedad en la que vivimos no estamos acostumbrados a esta virtud, es más, es muy difícil practicarla y, para muchos, casi imposible, ya que nos vemos invadidos por las imágenes, los anuncios, la publicidad, la televisión, el celular/móvil, etc. Nuestra cabeza y corazón viven en un constante ruido, nos aturde el ruido exterior, el que nos llega desde fuera, pero también el interior, aquel que viene desde dentro. El silencio no solo es necesario para escuchar a los demás, sino sobre todo para escuchar a Dios que nos habla en lo profundo de nuestro corazón. Cuando escuchamos a Dios en este silencio brota la alegría interior, porque el corazón se siente tocado por la gracia de Dios.

La sencillez evangélica
La cultura de hoy a veces quiere hacernos creer que valemos por nuestra ropa, por nuestros coches, por estar a la moda, porque somos poderosos, porque poseemos títulos, porque tenemos lo último en aparatos electrónicos (móvil, iPhone, iPad, etc.), o incluso porque podemos humillar a los demás. Pero precisamente todo eso nos hace sentir más solos interiormente. La sencillez evangélica viene en nuestra ayuda, viene a decirnos que no son esas cosas las que revelan aquello que realmente somos, ni tampoco nuestras capacidades. Esta virtud nos invita a dejar entrar a Dios en nuestra alma y ofrecerle el corazón para que Él pueda obrar a través de cada uno de nosotros. Además, nos hace más dóciles para cumplir su voluntad. Jesús en un momento de su vida dijo: «¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien». Recuerda siempre que el vicio contrario a la sencillez es lo complicado.

Confianza en la Providencia
San Manuel nos dice en uno de sus libros, Apostolados menudos, que confiar significa «Contar con que ese Corazón (de Jesús) tiene amor y quiere el bien para todos y cada uno de los hombres, y de tal modo para cada uno como si no tuviera que dar amor más que a ese solo». La confianza en la providencia nos ayuda a estar siempre en actitud de escucha y de apertura a la voz del Espíritu que nos dice que Dios es nuestro creador, nuestro Padre, nuestro dueño, y El está atento a todas nuestras necesidades. Dios, en su Divina Providencia, conoce todas nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y se ocupa de ellas. Tener confianza en su Providencia es saber que todo está en sus manos.

¿Lo intentamos? Encendamos cada una de estas lámparas, y Jesús brillará en nuestra vida para llevar un poco de su luz a los demás. ¡Anímate! ¡Muchos lo agradecerán!

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