La Misa, paso a paso (11/21)

Artículo publicado en Revista RIE de noviembre de 2021.

¡Ahora comienza todo! (y con Jesús en nuestro corazón)

Queridos RIE-amigos, hemos llegado al momento final de la Eucaristía, a la última parte, que conocemos con el nombre de «ritos de conclusión». Es interesante ver cómo cada momento de la Misa tiene una gran importancia y nos ayuda a entender mejor nuestro ser cristianos.

Los ritos de conclusión son como un cable a tierra, nos hacen aterrizar, darnos cuenta de que la vida sigue y que no se detiene; y que todo lo que hemos vivido, escuchado, actuado, ahora lo debemos llevar a la vida ordinaria, es decir, al resto de los días de la semana.

Silencio para adorar
Después de comulgar, el silencio de adoración es importante para que no se pierda la intimidad con Jesús que se nos ha dado como alimento. Este silencio nos puede ayudar a crecer en amistad con Él, podemos pedirle en lo profundo de nuestro corazón que nos permita conocerle más para amarle más. Así también lo deseaba nuestro gran amigo san Manuel González para cada uno de vosotros: «¡que los niños se sepan a Jesús! ¡En el doble sentido de esa palabra: conocer a fondo y saborear con gusto a Jesús!». Durante este momento, hay una oración preciosa que seguramente nunca habéis escuchado, por el simple motivo de que el sacerdote la dice en voz baja, mientras purifica los vasos sagrados y que hace referencia al alimento que acaba de tomar: «Haz, Señor, que recibamos con un corazón limpio el alimento que acabamos de tomar, y que el don que nos haces en esta vida nos aproveche para la eterna». Nos ayuda a recordar qué importante es recibir a Jesús con el corazón libre, puro y hambriento de un alimento que no solo acrecienta nuestra unión con Él, sino que además nos da la vida eterna.

Tiempo para dar gracias
Estos minutos son para nosotros unos momentos de oración intensa, que podríamos llamar «silencio sagrado». Otra vez el silencio en la celebración. Silencio de adoración, silencio de acción de gracias, silencio contemplativo de las maravillas que el Señor hace en cada uno de nosotros. Y de profunda acción de gracias a Jesús, que tantos dones nos concede, y enriquece nuestra vida con su presencia y amor.

Oración después de la Comunión
El papa Francisco, en una de sus catequesis, nos dice que «el Rito de Comunión termina con una oración presidencial (la Oración después de la Comunión), precedida de la invitación: ¡Oremos! En esta oración última, la Asamblea pide que se realice en cada uno de los que ha participado de este banquete admirable los efectos de la gracia recibida (gracia nutritiva y unitiva, que consiste en transformarnos espiritualmente en Cristo por la caridad – amor), para que seamos fermento, sal y luz en el mundo, y se acreciente en nosotros el fruto de la salvación perseverando en el amor de Dios».

Después, el sacerdote, se pone de pie (actitud del resucitado) y, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: «El Señor esté con vosotros», a lo que todos respondemos: «Y con tu espíritu». A continuación el sacerdote, uniendo de nuevo las manos y colocando luego la mano izquierda sobre el pecho y elevando la derecha añade: «La bendición de Dios todopoderoso» y haciendo la señal de la cruz sobre el pueblo prosigue: «Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros». Todos respondemos: «Amén».

Terminamos este, nuestro encuentro mensual con las mismas palabras con las que el papa Francisco terminó las catequesis sobre la celebración eucarística: «Demos gracias al Señor por el camino de redescubrimiento de la santa Misa que nos ha donado para realizar juntos, y dejémonos atraer con fe renovada a este encuentro real con Jesús, muerto y resucitado por nosotros, nuestro contemporáneo. Y que nuestra vida florezca siempre así, como la Pascua, con las flores de la esperanza, de la fe, de las buenas obras. Que nosotros encontremos siempre la fuerza para esto en la Eucaristía, en la unión con Jesús».

No olvidemos lo que hoy hemos aprendido: conocer a fondo y saborear con gusto a Jesús, recibir a Jesús con corazón limpio, que seamos fermento, sal y luz en el mundo, y se acreciente en nosotros el fruto de la salvación perseverando en el amor de Dios, darle gracias a Dios, hacer que nuestra vida florezca siempre así con las flores de la esperanza, de la fe, de las buenas obras.

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