La Misa, paso a paso (4/21)

Artículo publicado en Revista RIE de abril de 2021.

La oración que nos regaló Jesús

Hoy nos detendremos a hablar de una oración muy especial, porque nos une a todos cada vez que oramos con ella. Seguramente la conoces, porque desde muy pequeños nos la enseñan nuestros padres y abuelos. ¿Ya sabes a cuál nos referimos? ¡Claro! ¡El Padrenuestro! ¡Allá vamos!

En la Misa también rezamos el Padrenuestro. ¿Cuándo? Después del gran «Amén» que pronunciamos al final de la doxología mayor, es decir, luego de la siguiente aclamación del sacerdote: «Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos». Tras esta aclamación, en el momento en que comienza el rito de la Comunión, se nos invita a rezar todos juntos la oración que nos enseñó el Señor.

¿Os acordáis cuándo entregó Jesús esta oración a sus discípulos? El Evangelio de san Lucas nos lo recuerda: «Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos”. Él les dijo: “Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”» (Lucas 11,1-4).

El corazón de toda oración
Y, ¿por qué rezamos esta oración y no otra? Porque es la oración por excelencia de los cristianos, es «la Oración del Señor». Muchas personas que han estudiado liturgia, a lo largo de los años, han llegado a la conclusión de que el Padrenuestro forma parte de la celebración de la Eucaristía desde los comienzos, es decir, desde las primeras celebraciones de las comunidades cristianas.

Coinciden también en que es el corazón de la oración cristiana. De hecho, muchos de nosotros hemos aprendido esta oración desde pequeños; y en casi todas las celebraciones lo recitamos o cantamos, personal o comunitariamente. Algunas veces, con los brazos elevados al cielo, otras tomados de las manos. Se trata de una oración que nos une, simplemente porque a través del Padrenuestro tenemos la posibilidad de hablar con nuestro Padre Dios, porque a través del Padrenuestro expresamos públicamente que Dios es nuestro Padre y que somos todos hermanos, hijos del mismo Dios. ¡Atención! Estamos invitados a vivir las palabras que pronunciamos en esta oración, no solo a repetirlas sin prestar mucha atención de lo que decimos.

Desde tiempo antes de la mitad del siglo III, al decir «danos hoy nuestro pan de cada día», no solo se pedía que no faltara el alimento en cada mesa, sino que principalmente se hacía referencia al Pan Eucarístico. Se expresaba así el deseo de que este alimento, que es el mismo Jesús, nunca faltase en la vida de cada cristiano, pues «nosotros no podemos vivir sin la Eucaristía», no podemos ser verdaderos cristianos sin el Cuerpo y Sangre de Cristo. Jesús mismo dijo: «Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros» (Juan 6,53). El amor a la Eucaristía nos lleva a comprender que no hay vida divina sin ella, nos lleva a la oración constante y humilde, pidiendo a Dios que no nos falte su Pan Eucarístico, que no nos falte la Misa, que no nos falten sacerdotes que nos den el alimento del Cuerpo de Cristo.

Nosotros, en nombre de todos
Es importante recordar, también, que con la oración del Padrenuestro rezamos en nombre de todos los hombres, para que todos lleguen, por medio de Jesús, a reconocer a Dios como Creador y Padre de cada criatura, al Dios de la fidelidad y de la misericordia. Es una invocación que habla de amor y relación de cercanía con el Señor. Por eso, cada vez que recéis esta oración, recordad que estáis llamando a Dios Padre del cielo y estáis viviendo de algún modo la realidad que todos estamos llamados a vivir, es decir la felicidad eterna.

Recordemos siempre que el Padrenuestro, durante la celebración de la Eucaristía, es un momento de fe, pues es el momento que proclamamos sentirnos todos hermanos e hijos del mismo Padre. De esta certeza nace, de forma espontánea y natural, la oración para obtener la paz.

El signo de la paz

Después del Padrenuestro, sigue el signo de la paz, que comienza con otra oración que lleva a la práctica la última petición: «No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal». En nuestro próximo encuentro seguiremos reflexionando sobre este signo tan significativo: el signo de la paz.

No olvidéis lo importante que es para cada uno de nosotros, los cristianos, rezar el Padrenuestro. Y tampoco olvidéis que, al pedir el pan de cada día, estamos pidiendo que no nos falte el alimento que es Jesús, ¡que no nos falte la Eucaristía!

Con el lema de la RIE, ¡Ni Eucaristía sin niños, ni niños sin Eucaristía!, concluimos nuestro encuentro, pues son palabras que muy bien concluyen nuestro tema de hoy.

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