Arte para ilustrarte (11/19)

Artículo publicado en revista RIE de noviembre de 2019

Un «sí» trascendental

Seguro recuerdas uno de los primeros episodios del evangelio de san Lucas, aquel en que un ángel se aparece a una joven (María) y le comenta los planes de Dios: ¡ser su hijo, nacer de ella! (está en Lucas 1,26-28).

Se acerca un nuevo momento, una etapa en la que cada año reflexionamos esperando la mayor venida, el fruto de una decisión que, de no haber sido así, nuestra historia y conciencia habrían caminado por senderos diferentes. Tal es su magnitud que desde el comienzo del cristianismo ya se tuvo la idea de su grandeza. Hablamos de la Anunciación de la Virgen María.

Cierto es que la Iglesia Católica conmemora este día el 25 de marzo, justo nueve meses antes de la Navidad, coincidiendo con el período de un embarazo. Pero justo ahora que casi está por cumplirse el ciclo y llegar a su meta final, el comienzo de la vida de Jesús, es conveniente recordar cómo una humilde mujer de la aldea de Nazaret no albergó duda alguna en Dios, y entregó su cuerpo y alma a su voluntad. En el arte, el arquetipo por excelencia de este momento corresponde a la pintura sobre tabla de Fra. Angélico, actualmente en el Museo del Prado.

Si nos fijamos bien, la obra se concibe como un ciclo dentro del mismo conjunto: primero vemos al mismo ángel por duplicado, en la expulsión del paraíso de Adán y Eva tras la condena del hombre al comer la manzana. Sin embargo, por el lado contrario, vemos a la Virgen María con el Arcángel Gabriel bajo una arquitectura estrellada. Con frecuencia en la representación de personajes sagrados, se suele colocar por encima de sus cabezas un velo o palio que indica su carácter sacro además de darle cierto sentido de protección y majestuosidad. El ejemplo más claro de estos es el baldaquino de bronce construido en el interior de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, obra de Filippo Brunelleschi.

Una mujer nos trae la salvación
En el contexto en que nos encontramos, se muestra la idea de cómo la mujer, de la misma forma que cayó en la tentación, es ahora quién nos trae la salvación eterna en la figura de Jesús. Este momento en el que la Virgen pronuncia su “sí”, queda reflejado en el rayo de luz dorada que parte de dos manos débilmente dibujadas que proyectan el haz de luz, a través del signo de la paloma, el Espíritu sobre María. Una nueva Eva sin pecado original, de corazón puro, que antepuso su fe al miedo a ser rechazada por sus contemporáneos, pero como bien dijo san Agustín: María concibió por su fe.

El conjunto pictórico viene caracterizado por la luz clara patente en toda la escena, dando mayor magnitud y, los colores vivos aportan todo un halo de magnificencia (como no podía ser de otra forma), a esta trascendente conversación. A su vez, Dios contempla la escena desde el centro del retablo en el interior del tondo situado entre los dos arcos de medio punto.

¿Nos hemos planteado que sentiría María en el momento de la Anunciación? Comprometida con José, había crecido en Judea, por entonces una provincia más del imperio romano, en el interior de una familia humilde. En ese momento un ángel apareció ante ella y con el saludo de «llena de gracia», le comunicó que era la elegida para ser la madre de quien llamarían el Altísimo. Si bien sabemos que la posición de las manos de María significa la aceptación de la voluntad de Dios Padre, su respuesta afirmativa alejó a la Humanidad de toda duda. Es el nuevo génesis, la salvación al pecado cometido por Adán que aparece tapándose la mirada con las manos, y Eva, en una actitud orante hacia María, su abogada.

A lo largo de lo expuesto nos damos cuenta de toda la repercusión que ha tenido este momento en la liturgia. Por ejemplo, el Ave María se constituye principalmente de las dos conversaciones que la Virgen tuvo respectivamente con el Ángel Gabriel y su prima Isabel. De igual modo la Salve también menciona a María como «abogada nuestra», a la que suspiramos en este «valle de lágrimas». Pues como «desterrados hijos de Eva» fuimos expulsados del paraíso.

Y, ¿nosotros?, ¿qué responderíamos a nuestro Padre?, ¿estaríamos dispuestos a vencer nuestros miedos y dejarle hacer (actuar) en nosotros, según su palabra? Pensemos este Adviento que pronto vendrá a nosotros, qué nos pide Jesús y cómo podríamos ayudar en nuestra misión. No tienen que ser grandes actos, simplemente pequeñas acciones, o incluso, decisiones que pueden cambiar el mundo. ¡Atrévete a decir sí!

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