Arte para ilustrarte (06/19)

Artículo publicado en revista RIE de junio-agosto de 2019

Mostrar la acción del Espíritu

«De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas como de fuego que, repartiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse» (Hechos 2,2-4).

Otro gran día se nos acerca, otra fiesta en la que celebrar una nueva venida. En Navidad festejamos la llegada al mundo de Jesús y el domingo de Resurrección cobró sentido esa misión del Hijo en la Tierra, por lo que, dentro de poco, vendrá de nuevo como Espíritu Santo animándonos a salir y ser testigos suyos del mismo modo que en su día fueron los apóstoles. Un día, un momento, que marcó el cambio de un pequeño grupo asustado y logró transformarse en fuerza capaz de crear algo nuevo. Algo revolucionario como fue nuestra Iglesia.

Muchos son los que a través de la historia del arte se han aventurado a plasmar este instante y el Greco, en su obra «Pentecostés», nos dejó una representación muy personal de su modo de fe y arte.

Un artista griego
Doménikos Theotokópoulos nació en Creta y tras sucesivos viajes por el Mediterráneo llegó a España con el deseo de convertirse en pintor del rey Felipe II. Fue de este modo, debido a su procedencia, por lo que se le conoce con el sobrenombre de «el Greco». No obstante, su camino no le resultó sencillo, pues el carácter extraño de su figura y su forma de pintar no fue del agrado del círculo del rey, tremendamente tradicional. Al igual que nuestros apóstoles, nadie le entendió en sus inicios por lo que, incomprendido, partió a Toledo donde finalmente se granjeó fama y renombre.

Pero, ¿por qué su pintura se mostraba diferente? El Greco, en sus viajes, tomó de cada lugar algo que luego le influiría enormemente. Esto, junto al movimiento artístico de la época, le animó a romper con las reglas del momento y pensar que el artista debía comunicar a través de la pintura sus ideas y sentimientos. Por tanto, lo que hoy consideramos como un canon común, en el momento fue visto de un modo crítico: alejaba a Jesús o María del centro en el que siempre habían sido colocados, sus colores resultaban extraños e irreales y la luz fantasmagórica.

Una luz nueva
Sin embargo, esa luz fantasmal no era otra cosa que la visión mística a través de la que pretendía representar el momento en el que el Espíritu Santo cayó sobre los apóstoles enviándoles a difundir la buena noticia al mundo entero. En consonancia con el Evangelio, representa ese fuego que prendió en sus corazones mediante las llamas dentro de la habitación cerrada en la que la luz apareció de repente. Estas lenguas de fuego es lo que algunos han llamado como danza de luz.

Es esa misma luz la que ilumina los rostros y vestiduras creando grandes contrastes en las expresiones y profundidad en las figuras, alumbradas en la grandeza de Jesús, pues más allá de la gama tenue y grisácea, descubrimos el mundo celestial que se nos abre ante su llamada. Igualmente, la acumulación de personajes dotaba a la escena de gran dramatismo y fuerza. ¡Cómo no había de ser así, el Señor les animaba a predicar!

No eran fantasmas, eran personajes vacíos, llenos de la valentía del Espíritu Santo, por lo que no han de extrañarnos las posturas exageradas, como la del apóstol que aparece en primer plano vestido de azul y dorado; no es capaz de resistir el asombro que le produce el momento. Este tipo de posturas en la que se rompe con el canon lineal se denomina en arte scorzo y ya desde la antigüedad se utilizó como recurso para introducir la profundidad.

Renunció al fondo y al paisaje para conseguir darle un carácter intemporal (más allá de la época y el lugar, Dios nos llama a todos a difundir su palabra), pero no pensó que con su misma pintura ya lo hacía. Para concluir, hemos de comentar que los personajes de sus cuadros, son en su mayoría retratos contemporáneos al artista. En otra de sus obras como «El entierro del conde de Orgaz», se ve representada toda la plana mayor de Toledo con gran fidelidad.

Si el Greco pudo imaginar en el cuadro a sus vecinos y conocidos, ¿por qué no hemos de vernos como alguien en cuyo interior danza la luz del Espíritu? ¡Seamos faros con los que iluminar a los demás y dejémonos impregnar este mes por el Espíritu Santo! Si los apóstoles asustados dieron sus vidas para enseñarnos la palabra y el Greco lo recordó en su época con la representación de personajes vivos, ¿por qué nosotros no salimos a gritar la buena nueva a todos? Doménikos rompió con los cánones de su época, al igual que Jesús.

Vivamos entonces nosotros este año fuera de nuestra zona de comodidad y sintamos Pentecostés a través de esa llama de luz que Dios prende en nuestro interior. Si la luz se propaga a 300.000 kilómetros por segundo, cuán rápida será la velocidad de nuestra luz celestial.

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