Misa para decir “sí” (11/18)

Artículo publicado en revista RIE de diciembre de 2018

Canta con la voz y con el corazón

Queridos amigos RIE: Aquí estamos muy puntualmente en nuestra cita mensual, en esta especie de encuentro que fortalece la amistad entre nosotros y con Jesús Eucaristía. Seguimos profundizando el sentido
del canto en la liturgia. ¿Estáis listos? ¡Vamos!

A través del canto expresamos lo que llevamos dentro del corazón. Tal vez nunca hemos caído en la cuenta de que, cuando cantamos, expresamos ideas, sentimientos, deseos, actitudes, emociones. Os invito a traer a la memoria un canto que recordéis de la celebración eucarística, y pensad qué dice la letra. ¿Hecho? Seguramente habéis encontrado lo que os quiere transmitir o invita a expresar.

¡Sabes idiomas!
Como el canto es un lenguaje universal, es capaz de expresar lo que no se puede solo con la palabra. En la liturgia el canto tiene una función clara, pues expresa nuestra postura ante Dios: alabamos, damos gracias, pedimos, adoramos. Además, expresa también nuestra sintonía con la comunidad y con el misterio que celebramos.

El canto nos une como comunidad. La asamblea, por medio del canto, se une en una sola voz, porque cantar en común une. Es bonito escuchar cantar a todos porque crea un ambiente en el cual nos sentimos a gusto. Esto nos ayuda a sabernos miembros de una gran familia, en la cual nuestra fe crece y se fortalece, porque somos comunidad, y el canto es uno de los mejores signos del sentir común.

Verdadera fiesta
El canto crea un clima de fiesta. Como hemos dicho al principio, el canto expresa lo que llevamos en el corazón, y una de las cosas que el cristiano lleva en el corazón es la alegría: la alegría de tener a Jesús como amigo. El valor del canto es crear un clima más festivo y solemne.

La función ministerial del canto
La música siempre ha ocupado un lugar central en la liturgia cristiana. Como el silencio, es un lenguaje que necesitamos para sintonizar con la belleza de Dios, para descubrir su presencia. Cada vez que cantamos lo hacemos porque queremos dedicarlo a Dios. Por eso, la participación de cada persona es importante, porque manifiesta nuestro deseo de llegar a Dios. Como nos dijo Fray Gennaro el mes pasado: “no podemos dar gracias a Dios por todos los beneficios que nos concede solamente con palabras. Lo hacemos a través del canto, que es una palabra más elevada”.

La música forma parte de la celebración. La música no es un añadido dentro de la celebración, por ejemplo de la Eucaristía, sino que forma parte de ella. Tampoco se trata de un simple acompañamiento o un adorno, para que sea más llevadera. La verdadera música litúrgica es en sí misma oración, es en sí misma liturgia. No nos distrae, sino que nos ayuda a centrar nuestra mente y corazón en cada momento, y sobre todo nos ayuda a rezar y nos introduce en el misterio de Dios. Nos lleva a la adoración y nos educa en el silencio, por eso, en la celebración, música y silencio no son contrarios, sino más bien compañeros uno del otro. Si la música es de Dios, no competirá con el silencio: nos conducirá al verdadero silencio, el del corazón.

Dentro de la celebración, el canto y la música se convierten en un signo eficaz, en un sacramento del paso de Dios por nuestro interior. Dios habla y la comunidad responde con fe y con actitudes de alabanza; viviendo en comunión, en una común unión de sentimientos. El canto es un verdadero sacramento, que no solo expresa los sentimientos íntimos, sino que los realiza y nos hace experimentar su efecto, por ejemplo la alegría, la fraternidad, la paz, la serenidad.

Cantar con el corazón
Hoy hemos aprendido un poco más sobre la importancia del canto en la liturgia, sobre todo por qué es importante nuestra participación. Recordad siempre que cuando cantamos expresamos lo que llevamos dentro del corazón, además de expresar a Dios “con una palabra más elevada” cuánto le queremos y deseamos vivir nuestra vida junto a Él.

No dejéis nunca de cantar, porque el que canta reza dos veces, como nos recuerda san Agustín. Y con palabras de un Salmo nos despedimos: “Oh Dios, un cántico nuevo te cantaré. Con arpa de diez cuerdas cantaré alabanzas a Ti”. ¡Hasta el próximo encuentro!

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