Misa para decir “sí” (05/18)

Artículo publicado en revista RIE de mayo de 2018

Un ingrediente indispensable para la Misa

Queridos amigos RIE, nos volvemos a encontrar como cada mes. Siempre es bueno compartir y aprender un poquito más sobre el misterio más grande, y que se nos ha dado como un don: la celebración de la Eucaristía.


Esta vez hablaremos de una palabrita que quizá escuchamos muchas veces al día pero que cuesta mucho poner en acción. Esa palabrita mágica es “silencio”. Seguramente todos sabemos qué significa, pero nunca está de más refrescar un poco la memoria. La palabra silencio viene del latín “silentium” y hace referencia a la abstención de hablar o a la ausencia de ruido.

El silencio forma parte de la comunicación. Con estas palabras lo explicó el papa Benedicto XVI: “En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nos ayuda a pensar, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, y dejar que se exprese a sí misma”.

El silencio también nos ayuda a observar y comprender lo que pasa a nuestro alrededor, nos pone en acción, porque nos impulsa a participar con verdadero interés, ya sea en una conversación con los amigos, en clases, cuando vamos al cine o al teatro, en nuestros encuentros o en la catequesis, y sobre todo -que es el punto del que trataremos- en la celebración de la Eucaristía.

¿Veis por qué el silencio es tan importante? ¿Queréis saber un poco más? Aquí vamos. Veremos una doble dimensión del silencio: interior y exterior. ¿Qué significa? ¿Cuándo lo ponemos en práctica?

Silencio exterior
El silencio exterior, como ya hemos dicho, es la ausencia de ruidos que ayuda a la concentración, a centrarnos en lo que estamos viviendo o celebrando en un momento determinado. Es la puerta hacia ese otro silencio que llamamos interior.

Y silencio interior
Este silencio que llamamos interior puede llegar a ser de gran importancia para nosotros ya que las grandes decisiones de la vida nacen en estos momentos. Es allí donde se nos sugieren en lo más profundo de nuestro corazón actitudes, deseos y pensamientos que nos ayudan a acercarnos más a Jesús y a los demás.

Ahora que ya hemos aclarado a qué nos ayuda e invita el silencio, comprenderemos con mayor hondura porqué es tan importante durante nuestras celebraciones. Decir sí a la Eucaristía es participar en ella con todo lo que soy, con alma, mente y corazón, y la primera disposición para que esto sea posible es el silencio.

Pero… ¿por qué hacer silencio durante la Eucaristía? Porque nos permite centrarnos, nos hace más conscientes de lo que realiza el sacerdote en cada momento y de lo que se nos propone hacer. Por ejemplo, podemos llegar a entender el verdadero sentido de por qué nos sentamos, o nos arrodillamos o permanecemos en pie. El estar consciente de lo que uno está haciendo es clave. Y en vez de decir que debemos hacer silencio durante la Eucaristía diremos que el silencio forma parte de ella.

Este silencio no es algo pasivo, no es permanecer sin hacer nada. Es activo, y esto es lo que permite la completa y activa participación en esos momentos de la celebración donde nos unimos en aclamación y canto, pues cada persona está más consciente de lo que está haciendo.

Durante la Misa
No es extraño encontrar carteles en las iglesias pidiendo silencio o, incluso, que lo digan antes de comenzar alguna celebración. Pero, a qué silencio se refiere? ¿Cuáles son esos momentos de silencio más propios de la celebración eucarística? El silencio exterior se nos invita a guardarlo durante toda la celebración, evitando hablar con quien tengo al lado, intentando no hacer ruidos que puedan molestar a los demás.

En cambio, el silencio interior puede ayudarnos a vivir mejor los siguientes momentos:

  • Antes del “Yo confieso”: sabiendo que estamos ante la presencia del Señor, pensamos en esos momentos en los que no le hemos sido fieles, y reconocemos nuestras faltas, que hemos pecado y le pedimos perdón, y así poder entrar dignos a celebrar y vivir los misterios de pasión, muerte y resurrección de Cristo.
  • Antes de la oración colecta, al poco de comenzar la Misa: cuando el sacerdote dice “Oremos”, se nos invita a pensar en aquellas intenciones que hay en nuestro corazón y que queremos presentar a Dios. En este momento, el celebrante recoge las intenciones de todos y se las presenta al Padre. Antiguamente el diácono, para llamar la atención de la asamblea antes de esta oración invitaba: “Guardad silencio”. ”Prestad oídos al Señor”. Recordad este momento, y cada vez que vais a misa llevad una intención que queráis presentar a Dios Padre.
  • Durante y después del la Liturgia de la Palabra: porque nos permite comprender lo que Dios nos quiere transmitir a través de los textos del Antiguo o del Nuevo Testamento que se está proclamando. Es la Palabra que Dios ha inspirado a quienes han escrito esos libros, es Palabra de Dios. Y Jesús nos habla a través de su Evangelio, nos enseña cómo debe vivir un verdadero cristiano.
  • Durante la consagración: es el momento central de toda la celebración. Cada gesto, cada palabra del sacerdote son los mismos de Jesús. Ya no es pan y vino, es el Cuerpo y la Sangre de Jesús, que se entrega por todos nosotros.
  • Después de la Comunión: hacemos silencio para hablar con nuestro mejor amigo Jesús, para poner nuestra vida en sus manos, pedirle que nos acompañe y fortalezca durante toda la semana y nos enseñe a ser siempre portadores de alegría y paz.
    Después de este camino que hemos hecho juntos sobre el significado del silencio, seguramente que desde ahora vivir la celebración eucarística será algo distinto en nuestra vida. No lo dudo que estáis dispuestos a vivirlo e invitar a otros a hacer lo mismo. ¿Lo intentamos?

Con un bonito testimonio de Silvia nos despedimos hasta la próxima: “El silencio es el testimonio de la oración, del canto con Dios, del diálogo a través del cual le hablamos y que luego nos permite escuchar su voz, su amor. Cuando hay silencio se puede sentir en el corazón la presencia de Dios y se puede pensar en su inmenso amor. Entonces podemos decir que el silencio es un gran don” (Silvia M., Parroquia San Juan Bautista de Rossi, Roma. ¡La de la derecha!)

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