Junto a san Manuel (04/18)

Artículo publicado en revista RIE de mayo de 2018

Debemos ser testigos de la Eucaristía

Soy Andrés Martínez Esteban, sacerdote de la Diócesis de Madrid. Conocí la vida y la obra de san Manuel González gracias a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret y, más en concreto, a través de las junioras que estudian en la Universidad Eclesiástica San Dámaso, donde soy profesor.

En octubre del 2012 comencé como capellán en la casa generalicia que está en Madrid. Allí celebro la Eucaristía a la comunidad, de lunes a viernes. Las misioneras me han acercado a la figura de san Manuel, lo que me ha permitido valorar mucho más cada celebración eucarística, para que Jesús Eucaristía sea el centro de mi vida, de donde brota el ministerio sacerdotal. Allí puedo comprobar, día a día, cómo la Eucaristía es el centro, fuente y culmen de la vida cristiana y sacerdotal.

El sentido de mi vida
Vivir así la Eucaristía es fundamental para un sacerdote, ya que, con el paso de los años, es muy fácil acostumbrarse a Dios; caer en la rutina durante la celebración; perder el ardor de los primeros años de sacerdocio; y que la devoción eucarística se vaya enfriando poco a poco. Al tener cerca personas que viven de la Eucaristía, y lo hacen de un modo especial y excepcional, ayuda a vivir la celebración como un momento de gracia y a descubrir que aquí está la fuente de donde brota la Vida.

Al mismo tiempo, el carisma de san Manuel González es de una gran actualidad. En un mundo que vive de espaldas a Dios, los Sagrarios están más abandonados que nunca. En consecuencia, el olvido de Dios conlleva siempre el olvido del hombre. La vida de D. Manuel y su amor a la Eucaristía me enseñan que el amor a Dios y el amor al prójimo están íntimamente unidos. El primero alimenta el segundo y, el amor al prójimo nos lleva siempre al amor de Dios.

En la Eucaristía descubrimos a un Dios que se parte y se reparte como alimento. Es el Cuerpo de Cristo que se entrega por nosotros. Y en el amor al prójimo amamos y nos entregamos también a Cristo, especialmente en los pobres y en los que sufren, porque ellos también son el Cuerpo de Cristo sufriente. Así lo vivió san Manuel González cuando escribía: “Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan. Descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrará el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles su pobreza, tropezaré con tristes sin consuelo, con ciegos, con tullidos y hasta con muertos del alma o del cuerpo, y haré descender sobre ellos la alegría de la vida y de la salud”.

Don Manuel, ¡santo!
Por último, los días de la canonización han sido también un momento de gracia que nunca olvidaré. Fue un regalo de Dios para toda la Iglesia. En Roma, aquel 16 de octubre de 2016, he podido descubrir, una vez más, la universalidad del carisma de san Manuel González. Ahora bien, esto es todo un reto para nosotros, pues nos exige mantener vivo y saber transmitir a las próximas generaciones este hermoso tesoro. Es el momento para pedir al Señor nuevas vocaciones para las Misioneras Eucarísticas, para que puedan llevar a otras partes del mundo el mensaje eucarístico de san Manuel.

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